20081107

An end has a start




In the end
all you can hope for
is the love you felt
to equal the pain
you've gone through.

Editors, Bones

20081006

Placeres culposos


Esta semana en
Postsecret hay un secreto que dice (traducción simultánea):

Aunque tu corazón salvó la vida de alguien...
deseo que siguiera latiendo dentro de ti.


En la imagen se ve un joven alegre, mostrando los bíceps.

Frank, el administrador del blog, a veces incluye los e-mails que mandan los lectores de Postsecret y que podrían dar alguna especie de consuelo o apoyo. Bajo esta postal puso dos:

Alguien puede ver ahora a través de los ojos de mi mamá, Desearía que, en vez de eso, ella me estuviera mirando con ellos.

Su corazón debe haber sido hermoso y fuerte. Desearía que la vida que salvó hubiera sido la de mi hermano.


Este tipo de estrujamiento del corazón es el que busco cuando leo este famosísimo blog. Algo de consuelo y liberarse un poco es lo que impulsa a miles de personas a enviar sus postales.

Recién se abrió un blog un poco menos espeso, pero con el mismo espíritu: liberarse de secretos, pero en forma de placeres culposos. Cualquiera puede publicar sus placeres que le daría pena admitir en público, con total anonimato, sólo deben enviar un correo electrónico a placeresculposos@gmail.com No se pondrá su nombre ni dirección de correo. La invitación está abierta.

20080924

En que se habla de sueños


Hoy soñé que tenía una herida en la pierna y mi labor en la oficina donde trabajo era cuestión de obediencia militar. La herida tenía sangre seca, fresca y viscosa, los vellos enredados estaban pegados a la piel, que tenía un color que no debe tener la piel sana. Por disposiciones que no comprendo y que no cuestioné (estaba soñando, ya saben cómo es eso) se decidía que lo mejor era amputar la pierna, un poco abajo de la rodilla.

Todo esto pasaba en mi lugar de trabajo. A veces uno sueña que está en casa o en otro lugar, pero el lugar del sueño no corresponde al de la realidad, pero en el sueño uno sabe que, efectivamente, ésa es su casa. Pues no era así, soñé con la oficina tal cual es.

Total que le hablaban a un doctor, él venía a la oficina y me veía la pierna, sin siquiera tocarla, y decía "mejor voy a cortar la otra, ésta todavía puede salvarse" y yo pensaba "tiene sentido, si puede salvarse para qué cortarla". Entonces una enfermera empezaba a amarrarme un trapo en la boca y me decía que lo mordiera. Yo interrumpía al ver el oxidado serrucho que el doctor estaba sacando de un maletín negro, como deben ser todos los maletines negros de los doctores, y como seguramente era el maletín de Farabeuf.

Le decía "nel, yo quiero que me duerma, no anestesia local, quiero que me duerma" y el doctor replicaba "es que así es más fácil y más rápido". Yo contestaba que no me importaba, y que ciertamente no sería más fácil para mí. La jefa intervenía y decía que mejor lo dejáramos para el día siguiente. Yo sospechaba que su decisión tenía que ver con la carga de trabajo del departamento, pero no decía nada, significaba un día más con mi pierna y que podría despedirme de ella apropiadamente.

Durante el resto de la jornada laboral lloraba porque era el último día con las dos piernas. Al salir del trabajo pensaba que en realidad era absurdo que me amputaran la pierna si había posibilidad de salvarla, pero más ridículo era que me cortaran la sana. Y pensaba "mañana se los diré, no dejaré que me corten la pierna, además, fuera de la herida, no le veo nada malo".

Apuntes:

*Durante todo el sueño la pierna no me dolía ni nada, en el sueño no sentía molestia de ningún tipo.

**Acababa de leer un pasaje en el que unos mongoles desollaban a un hombre vivo y el recuerdo quedó vivamente impreso.

***Mis dos abuelos tenían diabetes y a ambos les amputaron las piernas.

****La referencia a Farabeuf, aunque se me acaba de ocurrir, no es gratuita, quien leyó el libro de Salvador Elizondo sabe a qué me refiero. Además, también hay una tortura (pero china) descrita gráficamente.


Si en la noche regresa el doctor, a quien llamaré Farabeuf, ya les contaré de a cómo nos toca.

20080918

En que Armandís habla de sí en tercera persona


A lo lejos, los árboles, los carros, los edificios se veían con una nitidez inusitada. Armando se detuvo a mitad del puente peatonal para analizar el fenómeno. El día estaba nublado, pero el horizonte adquiría una profundidad pocas veces vista. La luz era extraña, era como si no existiera; por supuesto que la había, de otra forma no se habría visto nada, simplemente sucede que –pensó después– las cosas se ven como si se hubiera levantado un velo, una cortina que no dejaba apreciarlas por completo. Eso era, lo cerrado del cielo no permitía el paso de la luz directa, la luz que hace entrecerrar los ojos o poner una mano hábilmente extendida sobre las cejas, la luz que obliga a usar lentes oscuros, la luz reverberante de los días de verano, la luz que hacía ver blanquísimos los azahares de la niñez.

Apresada, permanecía estática entre el Arriba y el Abajo, no lastimaba la vista, sino que la alargaba y dibujaba mejor los contornos, las sombras del rostro proyectadas por el propio rostro; las líneas y nervaduras de las hojas palpitantes, las ramas meciéndose; los cortes rectos, predecibles, de los edificios; los nerviosos autos, surcando la carretera.

Armando, parado ahí, viendo pasar a la gente que no parecía darse cuenta del fenómeno, se sintió secretamente feliz por un momento.

20080828

Golondrinas

Regresaron las golondrinas. Hace un año escribía haikus sobre ellas y un bosque con un camino rojo, y después de las comidas subía a la azotea a verlas volar, luego hablaba por teléfono y planeaba cenas y todo era hermoso. Hoy todo sigue bastante igual, sólo que lo veo con ojos distintos, ya tengo horario distinto, no subo a la azotea, no hablo por teléfono y no planeo nada. Pero las golondrinas no saben de estas cosas, ellas siguen cortando la neblina con sus alas, para ellas la única diferencia es la enorme estructura metálica que, según su creador, es una araucaria.

20080729

Armandís está...

Qué hacer cuando no tienes ganas de hacer nada. Los amigos me dicen pues sal (del verbo salir, no de cloruro de sodio-NaCl), pero precisamente no tengo ganas de salir. Tampoco de leer o de caminar o de tomarme unas cervezas.

Quiero creer que son las vacaciones, que me cierro al exterior y que reposo en mí, me nutro de mí, viendo hacia dentro, me tomo vacaciones del mundo e, incluso, de mí y de mis deseos.
Pero ¿y si no son las vacaciones? Y si algo se rompió dentro de mí, digamos, el resorte de las ganas de hacer cosas.

Quizá es la sibutramina, pero los síntomas los acusaba desde antes. ¿Y si regreso al trabajo y sigo con esta apatía de días sin bañarme, sin rasurarme?

No estoy triste, sorprendentemente. Estoy... no sé.

20080703

Ese que no soy yo

A menudo he fantaseado con ser otro. Y no ser otro sólo por serlo, sino ser alguien radicalmente distinto a mí. Me interesan los aspectos físico y mental. Incluso he pensado en el extremo: ser chaparrito, pelón, de lentes; o ser un completo idiota, cínico, corrupto y espurio.

Pero no sólo habitar esta energía que soy tras los ojos de alguien más, conservando mi conciencia; sino ser, en cada célula e impulso neuronal, esa otra persona.

Creo que lo llamativo para mí, en estas suposiciones, es experimentar otros tipos de conciencia: la conciencia de no tener nada, de no saber qué comeré mañana o dónde dormiré; la conciencia más apremiante de la salud, en el lecho sudado y oloroso, con dolores, con oleadas de malestar; la del deportista que ve lejanas sus aspiraciones sin importar lo duro que entrena o, por el contrario, del deportista exitoso; la del laureado profesor; la del ladrón, del malhechor necesitado que no sabe hacer otra cosa o la del que no quiere hacer otra cosa; del que hiere a alguien por gusto; de los estúpidos policías que, en vez de jalar, empujan; la conciencia del antropólogo que por primera vez se lleva a la boca un Psilocybe mexicana o cubensis; la del nuevo rico que todavía experimenta una corriente de endorfinas al comprar lo que antes no podía; la de la niña que espera un bebé, sin desearlo; la del escultor que vende su primer obra; la del jefe que es buena persona, pero no puede mostrarlo a sus empleados; la del bloguero(a) que escribe diario; la conciencia del anónimo que se toma muchas molestias para molestar; la del asesor de tesis que envidia a su asesorado; la del que incurre en acoso sexual; la de la acosada; la del que tiene dos trabajos y, además, es taxista; la conciencia de un vendedor de quesadillas; de un grupero, un reggaetonero; de un emo; de alguien con un título nobiliario; de un ciego; de un personaje de novela que se sabe personaje.

O experimentar la conciencia de otros seres: la de los árboles, de sus hojas ligeras y próximas a caer, de sus troncos torcidos o rectos, robustos o frágiles, de su savia palpitante; la de las luciérnagas y su búsqueda; la vertiginosa conciencia de las golondrinas; la de la mariposa que se esconde tras la puerta; la del gis que cumpliendo su propósito se consume; la de un libro, mientras alguien recorre su lomo con el dedo, o le hace cosquillas entre las páginas; la de un vaso, ¡Mas qué vaso —también— más providente!

O tal vez sea que, motivado por mis inconformidades, ansío dejar de ser yo mismo por un momento.