20080918

En que Armandís habla de sí en tercera persona


A lo lejos, los árboles, los carros, los edificios se veían con una nitidez inusitada. Armando se detuvo a mitad del puente peatonal para analizar el fenómeno. El día estaba nublado, pero el horizonte adquiría una profundidad pocas veces vista. La luz era extraña, era como si no existiera; por supuesto que la había, de otra forma no se habría visto nada, simplemente sucede que –pensó después– las cosas se ven como si se hubiera levantado un velo, una cortina que no dejaba apreciarlas por completo. Eso era, lo cerrado del cielo no permitía el paso de la luz directa, la luz que hace entrecerrar los ojos o poner una mano hábilmente extendida sobre las cejas, la luz que obliga a usar lentes oscuros, la luz reverberante de los días de verano, la luz que hacía ver blanquísimos los azahares de la niñez.

Apresada, permanecía estática entre el Arriba y el Abajo, no lastimaba la vista, sino que la alargaba y dibujaba mejor los contornos, las sombras del rostro proyectadas por el propio rostro; las líneas y nervaduras de las hojas palpitantes, las ramas meciéndose; los cortes rectos, predecibles, de los edificios; los nerviosos autos, surcando la carretera.

Armando, parado ahí, viendo pasar a la gente que no parecía darse cuenta del fenómeno, se sintió secretamente feliz por un momento.

20080828

Golondrinas

Regresaron las golondrinas. Hace un año escribía haikus sobre ellas y un bosque con un camino rojo, y después de las comidas subía a la azotea a verlas volar, luego hablaba por teléfono y planeaba cenas y todo era hermoso. Hoy todo sigue bastante igual, sólo que lo veo con ojos distintos, ya tengo horario distinto, no subo a la azotea, no hablo por teléfono y no planeo nada. Pero las golondrinas no saben de estas cosas, ellas siguen cortando la neblina con sus alas, para ellas la única diferencia es la enorme estructura metálica que, según su creador, es una araucaria.

20080729

Armandís está...

Qué hacer cuando no tienes ganas de hacer nada. Los amigos me dicen pues sal (del verbo salir, no de cloruro de sodio-NaCl), pero precisamente no tengo ganas de salir. Tampoco de leer o de caminar o de tomarme unas cervezas.

Quiero creer que son las vacaciones, que me cierro al exterior y que reposo en mí, me nutro de mí, viendo hacia dentro, me tomo vacaciones del mundo e, incluso, de mí y de mis deseos.
Pero ¿y si no son las vacaciones? Y si algo se rompió dentro de mí, digamos, el resorte de las ganas de hacer cosas.

Quizá es la sibutramina, pero los síntomas los acusaba desde antes. ¿Y si regreso al trabajo y sigo con esta apatía de días sin bañarme, sin rasurarme?

No estoy triste, sorprendentemente. Estoy... no sé.

20080703

Ese que no soy yo

A menudo he fantaseado con ser otro. Y no ser otro sólo por serlo, sino ser alguien radicalmente distinto a mí. Me interesan los aspectos físico y mental. Incluso he pensado en el extremo: ser chaparrito, pelón, de lentes; o ser un completo idiota, cínico, corrupto y espurio.

Pero no sólo habitar esta energía que soy tras los ojos de alguien más, conservando mi conciencia; sino ser, en cada célula e impulso neuronal, esa otra persona.

Creo que lo llamativo para mí, en estas suposiciones, es experimentar otros tipos de conciencia: la conciencia de no tener nada, de no saber qué comeré mañana o dónde dormiré; la conciencia más apremiante de la salud, en el lecho sudado y oloroso, con dolores, con oleadas de malestar; la del deportista que ve lejanas sus aspiraciones sin importar lo duro que entrena o, por el contrario, del deportista exitoso; la del laureado profesor; la del ladrón, del malhechor necesitado que no sabe hacer otra cosa o la del que no quiere hacer otra cosa; del que hiere a alguien por gusto; de los estúpidos policías que, en vez de jalar, empujan; la conciencia del antropólogo que por primera vez se lleva a la boca un Psilocybe mexicana o cubensis; la del nuevo rico que todavía experimenta una corriente de endorfinas al comprar lo que antes no podía; la de la niña que espera un bebé, sin desearlo; la del escultor que vende su primer obra; la del jefe que es buena persona, pero no puede mostrarlo a sus empleados; la del bloguero(a) que escribe diario; la conciencia del anónimo que se toma muchas molestias para molestar; la del asesor de tesis que envidia a su asesorado; la del que incurre en acoso sexual; la de la acosada; la del que tiene dos trabajos y, además, es taxista; la conciencia de un vendedor de quesadillas; de un grupero, un reggaetonero; de un emo; de alguien con un título nobiliario; de un ciego; de un personaje de novela que se sabe personaje.

O experimentar la conciencia de otros seres: la de los árboles, de sus hojas ligeras y próximas a caer, de sus troncos torcidos o rectos, robustos o frágiles, de su savia palpitante; la de las luciérnagas y su búsqueda; la vertiginosa conciencia de las golondrinas; la de la mariposa que se esconde tras la puerta; la del gis que cumpliendo su propósito se consume; la de un libro, mientras alguien recorre su lomo con el dedo, o le hace cosquillas entre las páginas; la de un vaso, ¡Mas qué vaso —también— más providente!

O tal vez sea que, motivado por mis inconformidades, ansío dejar de ser yo mismo por un momento.

20080619

Armandís piensa en el futuro (del subjuntivo)

¿Y si me decidiere a enderezar mi vida? Si, por ejemplo, dijéramos, me metiere por fin al gimnasio e iniciare un régimen. O, no sé, empezare con la tesis y el servicio o dejare este trabajo, o si buscare una beca y me fuere del país o le dedicare ocho horas diarias a escribir y leer, ¿qué?

¿O si limpiare mi recámara con la regularidad de antes e hiciere lo que tengo que hacer cuando lo tengo que hacer?

Y ya hablando de la escritura, ¿y si retomare alguna de las tres novelas hasta acabarla?, ¿o hiciere el volumen de cuentos, o el de poemas?

O si, por el contrario, regresare a Mina y trabajare en la Refinería General Lázaro Cárdenas con un sueldo mínimo de doce mil pesos al mes, consiguiere una mujercita bonita, aunque tonta, y me dedicare a darle nietos a mi madre y a crecer mi panza cervecera, ¿qué, entonces?

O si ahorrare y no comprare tantos DVD que luego ni veo, o si, simplemente, pensare en el futuro como si me importara, y dejare de estar a la deriva, a la buena de Dios, que le dicen, ¿qué?

20080618

El lado amable de la censura

No toda la censura es mala; la impuesta por algunos gobiernos autoritarios o por aquellos que buscan ocultar algo que perjudique su beneficio personal por supuesto que lo es.

Pero las hay que buscan algún tipo de bienestar distinto del propio, la que no es egoísta, la que impone el decoro de no mostrar cuerpos mutilados en la televisión; o la que calla para no lastimar, como un amigo que no dice la verdad; la que omite para no humillar; la que procura no mostrar horrores a los que nada pueden hacer para solucionarlos; la del ataúd cerrado; la que cubre la desnudez de los ancianos y obvia la estupidez de los necios. La autocensura que convence al escritor de no incluir en su biografía aquel periodo de la adolescencia en que se masturbaba como mono.

Dicen los gringos ignorance is bliss, y temo que a veces estoy de acuerdo.

Pensaba borrar este blog una vez que no tuviera nada que decir acerca de ti, pero me ha servido de terapia y me encuentro mejor. Lo conservaré, y ya no hablaré de ti más, me censuraré, aunque de cierta forma estarás presente en cada post. Para mí, respecto de ti, M., lo mejor es el silencio.


Well, it's been a long time, long time now
since I've seen you smile.

Beirut, Nantes

20080506

Hoy volví a verte, lo cual no es raro ni curioso, lo curioso fue que pensé, un poco antes de pasar por tu trabajo "la voy a ver", y sí, ahí estabas, de espaldas, con una blusa amarilla y tu pelo suelto. Curioso también fue que me dio gusto verte, no sentí la punzada dolorosa de otros días.

Ultimamente he pensado en mandarte con la amiga los doce poemas que te he escrito, "es lo mínimo que puedo hacer", pienso. Una vez platicamos sobre el derecho que tiene sobre el poema la persona que lo inspiró, y repito, lo mínimo es que lo conozcas. Sin embargo, un amigo me hizo notar que no había pensado en las consecuencias. Yo sinceramente pensé que no las habría, no es mi intención que los poemas te hagan cambiar de opinión sobre lo que sientes por mí, dada la seguridad con que me dijiste las cosas que me dijiste ese día. Reparé, no obstante, en que tal vez te enojarías conmigo por no dejarte en paz, o que te sentirías halagada, pero no aceptarías el sentimiento, o tal vez, te sentirías triste, nostálgica; pero lo dudo. Pretendí que no me importaba si los leías o no, si te gustaban o si los odiabas, si los guardabas primorosamente o si los destruías, pero sí me importa.

Ahora no sé qué hacer.

También está la cuestión de que si te amo/amaba tanto, por qué no luchar, por qué me di por vencido tan pronto. ¿Es parte de ese amor el respeto por tu decisión?, ¿o es excusa para rendirme? ¿Ya me rendí? Esta decisión de darte los poemas ¿es un primer paso?, ¿qué espero lograr con ello?, ¿vale la pena?